Carnes que cuentan territorio, fuego y carácter
En Boyacá, la carne no es solo proteína
Es identidad, clima y paisaje. Cada preparación nace de una relación directa con la tierra, los animales y el fuego lento. No son platos improvisados; son recetas que se han afinado con los años, adaptadas al frío del altiplano, al trabajo del campo y a la celebración colectiva. Hoy recorremos cuatro protagonistas de la cocina boyacense que hablan de carácter, origen y tradición viva.
Comer Boyacá es entender su carácter
La longaniza, el cabrito, la gallina y la trucha no son platos aislados: son expresiones de una misma cultura gastronómica que valora el tiempo, el origen y la honestidad del producto. En Boyacá, la carne no se disfraza; se honra. Y en cada bocado, el territorio vuelve a contarse.

Longaniza de Sutamarchán: identidad que se asa
La longaniza de Sutamarchán no se explica, se reconoce. Su aroma anuncia el pueblo antes de verlo y su sabor quedó grabado en la memoria colectiva de Boyacá.
Elaborada artesanalmente con carne de cerdo, especias y una proporción exacta de grasa, esta longaniza se distingue por su textura jugosa y su sabor profundo.

La Gallina: el sabor del patio y del fogón
La gallina criolla es sinónimo de hogar. No es pollo industrial ni receta rápida: es gallina de patio, criada con tiempo, alimentada de maíz y campo. Por eso su carne es más firme, su caldo más concentrado y su sabor profundamente reconfortante.
En Boyacá, la gallina se cocina despacio, en sopas o guisos que llenan la casa de aroma. Es el plato que se sirve cuando llega alguien importante, cuando hay celebración familiar o cuando se necesita alimento que sane y fortalezca. La gallina no es lujo, es cuidado convertido en comida.

Cabrito: cocina de territorio y carácter
El cabrito representa una cocina directa, sin concesiones. En zonas rurales boyacenses, la crianza caprina fue durante décadas una respuesta al terreno y al clima, y su carne se convirtió en un alimento reservado para ocasiones especiales.
Asado o guisado, el cabrito tiene un sabor intenso, una textura firme y una personalidad clara. Es un plato que no busca agradar a todos, sino honrar su origen. Tradicionalmente se acompaña con papas, maíz o preparaciones sencillas que permitan que la carne sea la protagonista. Es cocina de territorio, de carácter fuerte, de respeto por el animal y por el oficio.

Trucha: frescura de montaña y agua fría
La trucha llegó a Boyacá y se quedó. Cultivada en aguas frías y limpias, se convirtió en un producto clave de la gastronomía de montaña. Su carne suave y delicada contrasta con la contundencia de las sopas y carnes rojas del altiplano.
Preparada a la plancha, al horno o en salsas sencillas, la trucha representa el equilibrio: proteína ligera, sabor limpio y conexión directa con los ríos y lagunas de la región. En la mesa boyacense, la trucha habla de paisaje, de agua, de silencio y de respeto por el entorno natural.









